miércoles, 30 de diciembre de 2015

El egoísmo llenaba su tercer vaso de ron blanco en el que nadaban dos hielos sumergidos en su indiferencia. Miraba por la ventana mientras la habitación se llenaba del embaucador humo que soltaba su pipa de madera.
La habitación estaba llena de libros, de mentes maravillosas y creativas que ahora le miraban con lástima mientras la tormenta paseaba por fuera de la casa.
Prendía con una cerilla el último esquisto de tabaco que le quedaba dentro de la pipa y se lo fumaba haciendo que formara parte de esa burbuja de aire tóxico concentrado que vagaba por la habitación donde tantas veces leyó a Poe, jurando no acabar como él. Pero lo haría.
La habitación, aparte de llenarse de estanterías con libros, tenía en sus paredes cuadros de todo tipo de formas y colores, a veces resultaban bastante extravagantes y, por si no había quedado claro, chocaba bastante con la estética que pretendía crear en ese espacio de ocio y trabajo particular.
Al fondo de la habitación, justo debajo de la ventana, aparecía una gran mesa de madera con las patas talladas con formas y figuras de varios siglos atrás.
La mesa, a día de hoy, ya no existe, pero aquel día sujetaba el vaso de ron blanco, un papel manchado de tinta negra y un tintero donde esta reposaba hasta que fuera a ser utilizada o, como pasó más adelante, derramada.
Ángel se encontraba sentado en la silla que justamente estaba delante de la mesa. Una silla que le había acompañado en muchos de los momentos de su vida, su fiel compañera. Había reído, llorado, y hasta la había manchado de tinta al escribir aquellos discursos que se escribía a si mismo pero que su hermana Lucía nunca leía.
Entre el humo que cubría cualquier rincón de la sala, sonaban The Beatles, quienes amenizaban desde un gramófono los pensamientos de aquel loco que no paraba de mirar una fotografía.
La melancolía le inundaba por dentro igual que el humo de la pipa le corría los pulmones y el alcohol le hacía quemaduras en su garganta.
Cuando su grado de embriaguez ya era insostenible Ángel se subió de pie a la silla, la que una vez más le acompañaría en otro gran momento de su vida. Agarro la soga que colgaba de la lámpara de madera que protagonizaba el techo donde alguien la habría colocado ahí para tal día como hoy. Ángel metió su cuello dentro de ella y abandonando la pipa que aún sostenían sus gélidos labios se lanzo a un abismo imaginario pegando una patada a la silla.
El cuerpo se balanceó en el aire ante la expectación de todos los artistas que componían la sala. El movimiento del cuerpo inerte suspendido en la nada hizo que su pie chocara con el tintero haciendo que su tinta negra se derramara, manchando así la fotografía que, ahora en el suelo, tenía roto el cristal.
La fotografía original era bonita. Dejaba ver como su hermana Lucía le lamía la cara mientras él hacía un gesto gracioso con ella bajo un fondo parisino, un día de mayo de hacía ya varios años.
Nunca se supo la muerte exacta de aquel anciano egoísta, déspota y consentido.

La gente dice que fue un suicidio y a las pruebas se remiten, pero para mi ya estaba muerto mucho antes de que su corazón dejara de bombear sangre, si es que en algún momento fue sangre lo que le corría por la venas.

Beso en el ojo. 
Oniria.