El egoísmo llenaba su tercer vaso de
ron blanco en el que nadaban dos hielos sumergidos en su
indiferencia. Miraba por la ventana mientras la habitación se
llenaba del embaucador humo que soltaba su pipa de madera.
La habitación estaba llena de libros,
de mentes maravillosas y creativas que ahora le miraban con lástima
mientras la tormenta paseaba por fuera de la casa.
Prendía con una cerilla el último
esquisto de tabaco que le quedaba dentro de la pipa y se lo fumaba
haciendo que formara parte de esa burbuja de aire tóxico concentrado
que vagaba por la habitación donde tantas veces leyó a Poe, jurando
no acabar como él. Pero lo haría.
La habitación, aparte de llenarse de
estanterías con libros, tenía en sus paredes cuadros de todo tipo
de formas y colores, a veces resultaban bastante extravagantes y, por
si no había quedado claro, chocaba bastante con la estética que
pretendía crear en ese espacio de ocio y trabajo particular.
Al fondo de la habitación, justo
debajo de la ventana, aparecía una gran mesa de madera con las patas
talladas con formas y figuras de varios siglos atrás.
La mesa, a día de hoy, ya no existe,
pero aquel día sujetaba el vaso de ron blanco, un papel manchado de
tinta negra y un tintero donde esta reposaba hasta que fuera a ser
utilizada o, como pasó más adelante, derramada.
Ángel se encontraba sentado en la
silla que justamente estaba delante de la mesa. Una silla que le
había acompañado en muchos de los momentos de su vida, su fiel
compañera. Había reído, llorado, y hasta la había manchado de
tinta al escribir aquellos discursos que se escribía a si mismo pero
que su hermana Lucía nunca leía.
Entre el humo que cubría cualquier
rincón de la sala, sonaban The Beatles, quienes amenizaban desde un
gramófono los pensamientos de aquel loco que no paraba de mirar una
fotografía.
La melancolía le inundaba por dentro
igual que el humo de la pipa le corría los pulmones y el alcohol le
hacía quemaduras en su garganta.
Cuando su grado de embriaguez ya era
insostenible Ángel se subió de pie a la silla, la que una vez más
le acompañaría en otro gran momento de su vida. Agarro la soga que
colgaba de la lámpara de madera que protagonizaba el techo donde
alguien la habría colocado ahí para tal día como hoy. Ángel metió
su cuello dentro de ella y abandonando la pipa que aún sostenían
sus gélidos labios se lanzo a un abismo imaginario pegando una
patada a la silla.
El cuerpo se balanceó en el aire ante
la expectación de todos los artistas que componían la sala. El
movimiento del cuerpo inerte suspendido en la nada hizo que su pie
chocara con el tintero haciendo que su tinta negra se derramara,
manchando así la fotografía que, ahora en el suelo, tenía roto el
cristal.
La fotografía original era bonita.
Dejaba ver como su hermana Lucía le lamía la cara mientras él
hacía un gesto gracioso con ella bajo un fondo parisino, un día de
mayo de hacía ya varios años.
Nunca se supo la muerte exacta de aquel
anciano egoísta, déspota y consentido.
La gente dice que fue un suicidio y a
las pruebas se remiten, pero para mi ya estaba muerto mucho antes de
que su corazón dejara de bombear sangre, si es que en algún momento
fue sangre lo que le corría por la venas.
Beso en el ojo.
Oniria.