Son largas y lúgubres las noches hasta perder la inconsciencia más absoluta de nosotros mismos, perdidas en la embriagadora fragancia de alcohol barato en vasos de plástico y cigarros mal consumidos por el humo de la soledad.
Como un barco en la bahía de un horizonte perdido sin dirección.
Mi profesor de química siempre citaba a Calderón diciendo 'Ay ésta vida, ésta vida es una barca'. Y tenía razón.
Sin rumbo fijo, sin dirección.
Hoy es uno de esos domingo de mierda en los que estas en casa con el pijama tirada en el sofá en los que ni un huracán podría levantarte, y no lo hace. En el caso de que algo pudiera hacer que tuviera un mínimo de sentido esta vida sería que él me lo diera, pero no lo hace, porque ya nadie lo hace, ni yo misma.
Es noviembre, y con él viene el mal tiempo, aunque en mi interior lleva desde agosto. Agosto.
Es como cuando una vela se apaga, primero llama intensa, roja, fuerte.
Después, se consume, aunque -idiota de ti- piensas que nunca pasará, ay, ignorante. Y se queda, como se quedan todas las cosas que explotaron y expandieron su destello hasta reventar, quemadas. Con un fino palo negro que mancha, como mi corazón, y quema, si, aún lo hace, pero irá desapareciendo poco a poco y será arrastrado por el viento como la colilla de los cigarros que se consumen por la soledad.
Qué triste
Qué melancólico.
Qué inoportuno.
Qué silencioso.
Un bostezo en la nocturnidad, un sollozo perdido en la bala de la pistola que guardo en mi cajón con lo condones que ya no usaremos.
Mi móvil esta tirado debajo de la cama con la esperanza de que no me moleste nadie o que venga alguien para decirme que me va a reorganizar la vida, o los sentimientos, que no sé que es mejor.
Es otoño y las hojas caen de los arboles hasta volverse frías y rígidas en el suelo, esperando, como aquel que espera en la parada del bus un día de lluvia, a que alguien termine de pisarlas para romperse en mil pedazos que acabarán desapareciendo llevados por el viento.
Como yo.

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